Te voy a hablar de una mujer que eligió su camino de vida con una radicalidad que resulta perturbadora, incómoda.
Es la vida de una mujer que se crió en el seno de una familia acomodada de principios de siglo en Barcelona, se educó exquisitamente en el colegio del Sagrado Corazón de Sarriá y se rebeló contra el destino que le habían cosido a la piel desde que nació.
A priori nada hacía presagiar que aquella esposa con cinco hijos, que seguía el camino marcado y convencional, abandonara a su marido y se marchara al sur de Francia con lo puesto.
Ni que aquella mujer que había nacido para lucir en veladas del Liceo barcelonés acabara comandando una columna de milicianas en el frente de Aragón.
Pero la realidad no tiene porqué seguir el camino establecido; y Caridad Mercader no estaba dispuesta a seguirlo.
La historia de Caridad no es cómoda. No lo fue para nadie que la conoció. No lo es hoy para quien la lee. La suya es la historia de una mujer que abrazó sus convicciones con una intensidad que muchos llamaron fanatismo, y que pagó por ello un precio que nunca se ha terminado de contabilizar.
La historia oficial la recuerda sobre todo como la madre de Ramón Mercader, el hombre que el 20 de agosto de 1940 clavó un piolet en la cabeza de León Trotski en su refugio de México. Pero si se la compara con su hijo, la vida de Caridad fue infinitamente más intensa, más contradictoria y más valiente que la de él.
En este post recuperamos a la mujer que hay detrás de ese apellido.

Fuente: Caridad Mercader’s Final Hour
(Espacio Laical, March 2008)
LA MUJER QUE ABANDONÓ SU CUNA DE ALGODÓN
Su nombre completo era Eustacia María Caridad del Río Hernández. Nació en Santiago de Cuba el 29 de marzo de 1892, en el seno de una familia acaudalada de origen indiano. Cuando España perdió Cuba, la familia regresó a Barcelona, donde Caridad completó su educación en colegios religiosos de élite (primero el Sagrado Corazón de Sarriá, y más tarde centros de la misma congregación en París y Londres) que le dieron idiomas, cultura y modales, pero ninguna libertad real.
Parecía destinada a una vida de dama burguesa: se educó bajo rígidas normas religiosas, se casó a los 18 años con un poderoso empresario catalán y se movió con donaire en los ambientes de la alta sociedad barcelonesa. Su marido, Pablo Mercader Marina, era un industrial del textil, siete años mayor que ella, miembro de una próspera familia del negocio del tejido con varias factorías en Barcelona. Se cuenta que Caridad se enamoró de él viéndole montar a caballo. Entre 1911 y 1923 tuvieron cinco hijos: Jorge, Ramón, Montserrat, Pablo y Luis.

Fuente: BBC News
Todo apuntaba a una vida perfectamente prevista. Y sin embargo, nada resultó como estaba previsto.
Caridad empezó a tomar clases de pintura, y en el estudio de su profesor estableció contacto con intelectuales y bohemios. Poco a poco comenzó a frecuentar ambientes marginales. Conoció a un aviador francés, Louis Delrieu, del que se enamoró. Y con él descubrió el anarquismo. En pleno auge del pistolerismo en Barcelona, llegó incluso a proporcionar información a los anarquistas con la que atentar contra los intereses empresariales de los propios Mercader.
La familia, alarmada, tomó una decisión brutal. Una noche le pusieron un chaleco de fuerza y la internaron en el psiquiátrico Nuevo Belén de Sant Gervasi, donde fue sometida a sesiones de duchas de agua fría y electroshock para curarla de sus locuras…
No la curaron de nada. La rescató un comando anarquista que tomó el psiquiátrico y se la llevó. Caridad jamás perdonó a su familia ese encierro. Y ese resentimiento lo llevó consigo el resto de su vida.
Rondaba 1925, y Caridad decide huir al sur de Francia con sus hijos. En las Landas vivió un tiempo junto a su amante, hasta que él la abandonó y ella intentó suicidarse. Pablo Mercader, enterado del hecho, recogió a tres de sus cinco hijos y se los llevó de regreso a Barcelona. Caridad se marchó a París y es aquí cuando decide abandonar el anarquismo y abrazar el comunismo con la misma intensidad con la que había abrazado todo lo anterior: sin medias tintas.
Expulsada de Francia en 1935 por su actividad política, regresó a Barcelona. En la ciudad condal se afilia al PSUC (el Partido Socialista Unificado de Cataluña, vinculado a la Internacional Comunista) y cuando en julio de 1936 Franco se sublevó, Caridad ya estaba en pie de guerra.
Participó en la formación de las primeras milicias catalanas que se dirigieron al frente de Aragón, donde pronto se habló de una columna que llevaba su nombre. Fue herida de gravedad en el frente. Las secuelas de la metralla la acompañaron el resto de su vida. Y en el frente de Brunete perdió a su hijo Pablo, aplastado por un tanque enemigo.

En las filas del PSUC la llamaban la Pasionaria catalana. Por intermedio de Caridad, el NKVD reclutó a otras comunistas españolas. Y también a su propio hijo Ramón. Ramón y Caridad mantuvieron una larga conversación cuyo propósito fue convencer a Ramón de que se uniera al NKVD. Fue ella quien lo introdujo en el engranaje que acabaría destruyéndole.

El 20 de agosto de 1940, Ramón Mercader asesinó a Trotski en México. Caridad le esperaba fuera, en un coche. Pero las cosas no salieron como habían planeado: Ramón fue detenido de inmediato y condenado a veinte años de prisión. La presencia de Caridad en México fue contraproducente, pues las autoridades mexicanas endurecieron las condiciones penitenciarias de Ramón. Su hijo nunca perdonó la interferencia de su madre. Caridad viajó a Moscú, donde fue recibida con todos los honores y condecorada con la Orden de Lenin.

Los que la retrataron en esa época la describieron como una mujer calculadora, fría y fanática que no habría tenido inconveniente en sacrificar a su propio hijo para la causa de Stalin. Pero el biógrafo Gregorio Luri lo matizó años después: si la juzgamos con los ojos de hoy, no entendemos nada. Aquel militante no entregaba unas horas a su causa. Entregaba su vida entera. Sin condiciones.
Pasó sus últimos años en París, viviendo de una pensión que le pagaban los soviéticos. Cuando visitaba a sus hijos en Moscú, no comprendía las estrecheces en que vivían. Quizá porque, en el fondo, nunca dejó de ser la niña burguesa del Sagrado Corazón del barrio de Sarriá (Barcelona). Murió en París en 1975, a los 82 años. La embajada soviética se hizo cargo de los funerales y del entierro.
Caridad Mercader es una mujer difícil de abrazar como heroína. No encaja fácilmente en el relato de las mujeres que queremos recordar. Y sin embargo, ignorarla sería también una forma de simplificar la historia.
Ella fue una mujer compleja.
Incómoda.
Con inteligencia, fuerza y liderazgo.
Imposible de olvidar.








